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jueves, 17 de noviembre de 2016

Acaso la luz: «Palabras conjugadas», de Mery Sananes. Por Cristina Castello









«Un crescendo de jilgueros que no cese
hasta que regrese estampada
en el amanecer de todos los amaneceres
una palabra de amor que certifique al fin
el advenimiento de un hombre
inmensamente humano»
Mery Sananes







«Palabras conjugadas» es una interpelación a este mundo que «navega al ritmo inverso de la vida».
No es combate, ni desafío, ni invocación.
Es un verso fecundo hasta el laceramiento, un itinerario desgarrador, cuya luz –sin embargo- burla al mismo espanto al que interpela.
La luz viene de cada fibra del ser luminoso de la poeta; y de su pluma, que nos ofrece otra dimensión del lenguaje, en cada uno de cuyos vocablos se juega la existencia humana.

La espina dorsal del mundo se estremece y la mayoría, la gran mayoría, estalla como un puñado de cristales destrozados. Pero Mery Sananes conjura el horror y –en el «mejor» de los casos, la Nada- con belleza.
Cuando Mery dice «mundo», dice «palabra», su herramienta.

Se trata de destruir el mundo y construir la vida.

«En este memorial de desparpajos la palabra
es una oscura pendiente que hace mucho
perdió su sonoridad de piedra y remanso
y va hoy cargada de pólvora para desenvolver
acertijos en una lengua extraña con la que
nadie se comunica»

Poesía perdurable, con ascensos a la materia de la que está hecha la autora: el Absoluto, y descensos hacia los abismos de la humanidad.

«Qué trastocó el corazón del hombre
que los pliegues de su urdimbre
quedaron dispersos en medio de las
palabras sembradas en las cenizas
de un sitial donde el odio levantó
el estandarte de las indiferencias»

No es una antología de la desesperanza.
Todo lo contrario. «Palabras conjugadas» es la convicción de que «lo grande del hombre es más grande que el hombre» (Paul Éluard):

«Sé que el recinto del silencio
guarda las palabras que aún no se han dicho
y que es tiempo de organizar los
amaneceres para abrir las pupilas antes
de que el alba se haya ido
»



Relámpagos de sombra, certidumbre de luz.
La poesía de Mery Sananes es una comunión entre sensibilidad y conocimiento. La esencia de su Infinito la trasciende y su verbo nos sacude  para que dejemos de ser extranjeros a la vida:

«Hoy nos toca escribir el futuro desandar la
muerte y reinventar la historia que nos fue
consignada en el átomo cósmico de nuestro
nacimiento para ver si al fin algún día
en esta tierra de milagros y encantamientos
el hombre comienza a ser y a vivir»

Encaramada a su proa de luciérnagas, nuestra poeta aterra a la noche con su luz:

«Creo que el deleite de un niño tendido
sobre la hierba jugando a cazar estrellas
puede abrir una rendija por donde
la pupila descubra todo aquello
que le ha sido vedado»

Yo recomiendo vivamente «Palabras conjugadas».
«Si nos crearon para vivir en el paraíso, ¿por qué empeñarnos en vivir sobre la tierra?»  (Franz Kafka)

Cristina Castello
«Palabras conjugadas»
Ediciones cátedra Pío Tamayo
Colección / Recados del sol
Caracas, junio 2016
Portada y dibujos / Antonio Cabezas
Montaje y diagramación / Rodrigo Gómez Millán
Editor responsable / Danielita Barrolleta
96 p.

Sitio de la Poeta, AQUÍ

Adquirir el libro fuera de Venezuela, AQUÍ 

....
Urdimbre

Mery Sananes 

Qué estructura se quebró en el aire
que el ala detuvo su fragancia
de alturas y en la hondura azulada
de los océanos el pelícano doblegó su
susurro marino y la tierra silenció
sus almácigos hasta convertirse en
pozo seco sin memoria del agua
Qué ocurrió que el fuego quedó
atrapado en el instante de un
relámpago y el bosque cedió
su ingeniería tramada de verdes
al holocausto del desierto
Qué trastocó el corazón del hombre
que los pliegues de su urdimbre
quedaron dispersos en medio de las
palabras sembradas en las cenizas
de un sitial donde el odio levantó
el estandarte de las indiferencias
Qué disipó el asombro hasta trocarlo
en la búsqueda incesante de otra armonía
que deje sobre los arenales la sombra
seca del antiguo vacío de signos y verbos
Qué nos sucedió para que hoy no
nos encontremos en el vuelo que reclama
esta tierra y esta humanidad

... 



Un itinerario, una vida, una huella


Mery Sananes (Caracas, Venezuela, 1942) Licenciatura en Letras, Doctorado en Ciencias Sociales, Profesor Titular de la Universidad Central de Venezuela. Docente-Investigador desde 1966. Coordinadora de la Cátedra Pío Tamayo.

Obra publicada

Palabra Uno (colectivo, Caracas: Ediciones LAM, 1964), Tiempo de guerra (Caracas: Ediciones Desorden, 1968-1974), Tierra de expedientes (Caracas: Ediciones Desorden, 1975), Walt Whitman, poeta de los tiempos que vendrán (Caracas: Ediciones Desorden, 1973), Obras rescatadas de Pío Tamayo (Tres tomos, Caracas: CPT, 0000), León Felipe: poeta de pólvora y barreno (Caracas: Expediente Editorial, 1988), Ángel eternamente flor (Caracas: CPT/CEHA/UCV, 1994), La trampa-engaño de la cultura. Aproximación a Luis Mariano Rivera (Caracas: CPT/CEHA/UCV, 2006).
- Tomado de Mediaisla- Entrevista de René Rodríguez Soriano.



Mery querida,
la vida te celebra como una plegaria a su templo
y el alba canta un aleluya en tu nombre.
Cristina Castello

domingo, 13 de noviembre de 2016

«El Diccionario», de Oscar Barney Finn: la Pasión, contra tanta Nada – por Cristina Castello

El lenguaje crea mundos, ¿qué mundos crea el lenguaje?
María Moliner toda entera

Pues la belleza no es nada
sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces
de soportar
Rainer Maria Rilke

María Moliner (Marta Lubos) y su médico (Daniel Miglioranza)

Potente, lacerante por momentos; tierna y fresca hasta lo irresistible.
Terrible belleza,  belleza terrible.
«El Diccionario», una puesta de Oscar Barney Finn, con la apariencia de contar la vida de María Moliner (1900-1981). Pero no. No es solo eso sino mucho más.  En su urdimbre está la historia de la protagonista,  sí, pero también el franquismo y el silencio a que nos condenan las dictaduras; están la enfermedad y la decadencia; la pertinacia de la creación,  pero -por encima de todo- el amor a la  libertad. Y para Moliner, libertad y palabra fueron una manera de vida y  una forma de crear mundos, con el lenguaje.

«Libertad», dice María, casi al final de la pieza teatral, «facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos». 

Marta Lubos compone con maestría el personaje de esta mujer, emblema de la cultura española del siglo pasado. De María, que cosía calcetines, que tenía un marido, Fernando (papel que tan bien juega el actor Roberto Mosca)– catedrático de Fisica-;  que  tenía hijos, a uno de los cuales le preguntaron cuántos hermanos tenía, y respondió: «Dos varones, una hembra y el diccionario».
De María, bibliotecaria, filóloga y lexicógrafa española, cuyo diccionario irritó a los acartonados y machistas señorones de la Real Academia Española. De María, republicana, hasta el punto de tener que envilecerse, para conservar la vida  y poder seguir creando mundos con el lenguaje. Veamos…


(María quema libros y  Fernando, su esposo, la ve; aquí son jóvenes, pues la obra va y viene, armónicamente,  de un tiempo a otro de su vida)


FERNANDO: ¿Qué estás haciendo?
MARÍA Estoy quemando libros.
FERNANDO: (los retira del fuego) ¡Miguel Hernández, Machado, Lorca! ¿Qué ha
pasado, María?
MARÍA: Tíralos al fuego.
FERNANDO: No podemos quemar los libros.
MARÍA: (Los tira.) Claro que podemos.
FERNANDO: Somos gente de bien. Tranquilízate.
MARÍA: También vendrán a por ti.
FERNANDO: Ya han venido.
MARÍA: ¡Fernando!
FERNANDO: Sí, y me han quitado la cátedra. Envidiosos. Mediocres […] Y me han dicho que los fascistas se  llaman ahora «nacionales». Y Franco, el «Generalísimo». […] (mira hacia afuera)  ¡Mira, los fascistas entran en Valencia!
MARÍA: Fernando, llama a los niños, que salgan al balcón a recibir al Generalísimo.
FERNANDO: ¿Te has vuelto loca?
MARÍA: ¡Enrique, Carmen, Pedro, Fernando, venid!
FERNANDO: No saldré al balcón a dar la bienvenida a Franco.
MARÍA: Fernando, si no sales conmigo al balcón para que nos vean todos  los vecinos, no volveré a hablarte nunca.
FERNANDO: No te reconozco.
MARÍA: ¡Sal!
 (María levanta el brazo con el saludo falangista. Fernando, abatido,  levanta también el brazo.)

lv            Había que salvar la vida... 


«El Diccionario», es lo que hoy conocemos como  «Diccionario de uso del español»: dos tomos,  indispensables. 
Como nos muestra esta pieza teatral, María Moliner empezó a hacer fichas, a mano, con palabras en  1952 y jamás pudo parar. Siempre decía que le faltaban dos años para terminarlo; y si se publicó en 1967,  fue gracias a que la editorial Gredos -que la esperaba desde 1962- se lo exigió. Entregó los dos volúmenes, pero ella siguió: metros y metros de fichas, kilómetros de palabras, para una tarea que no hubiera tenido fin, si la enfermedad y la vida, no le hubieran dicho «basta». Bella locura de la creación.

La bella locura, antes de la otra locura, de la fatal, de la que borra recuerdos y vidas; locuras e intensidades que Oscar Barney Finn dibuja con lo más refinado de su refinada pluma de director de escena.  Bendita vida, antes de su final y con restos de lucidez, pudo enterarse de que el dictador había muerto. No hay estridencias para mostrar  que amanecía la libertad; el director nos lo muestra sobria e intensamente: más que las palabras, los ojos de la protagonista, que relampaguean; y el gesto delicado, tanto que casi hay que adivinar, del neurólogo, quien descuelga un pequeño retrato del Generalísimo.

La aterosclerosis cerebral, -hoy la diagnosticarían Mal de Alzheimer. La enfermedad. Así empieza la obra, con su consulta a un neurólogo (un espléndido Daniel Miglioranza), quien le resta importancia como paciente –es casi cruel con ella- y quiere derivarla a otro colega.  Al principio, solo al principio, hasta que la descubre.
La inteligencia, la vida, la historia, las ideas de María Moliner para la Biblioteca de la República. Y –sobre todo- el Diccionario, seducen al médico, quien la atiende hasta el final.
El final de su vida: burla de la vida o de la maldita muerte, su memoria –justamente su memoria- se desvanece día a día; y finalmente, solo alcanza a recordar el mundo que su lenguaje había creado: su palabra
No puede ni siquiera acceder a la Real Academia de la Lengua, porque los señorones cuyos lenguajes crean mundos muertos, no se lo permitieron: ella era mujer y eso era demasiado. Contenta porque, así, evitaba el discurso de admisión, que le daba pánico, solo dijo: « ¿Qué podía decir yo, si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?».
La magistral dirección de Oscar Barney Finn, quien  acaba de cumplir cincuenta años de trayectoria artística, como director múltiple, hace de «El Diccionario» un espectáculo imprescindible. Los actores, figuras todas de prestigio, a la altura del director.
Por mi parte, creo que esta obra es necesaria y no sólo por esos méritos. También –y quizá sobre todo- porque es la historia de una pasión, que adquiere más valor en estos tiempos cuando la Nada amenaza con ahogar a la condición humana.

Cristina Castello
29/05/2016

FICHA TÉCNICA

Director: Oscar Barney Finn
Autor: Manuel Calzada Pérez
Actúan: Marta Lubos, Daniel Miglioranza y Roberto Mosca.
Iluminación: Leandra Rodríguez
Diseño gráfico: Leandro Correa
Producción ejecutiva: Verónica Dragui
Vestuario: Isabel Zuccheri
Diseño del espacio: Barney Finn
Asistencia de dirección: Florencia Laval
Dirección: Oscar Barney Finn
Fotografía: Sofía Gatti
Voz en off: Osmar Núñez
Diseño y realización escenográfica: Eduardo Spíndola

Funciones: viernes a las 20 hs. y domingos a las 18 hs.
Localidades: $280. / Jubilados y estudiantes universitarios (con acreditación) $ 230
El Tinglado Teatro – Mario Bravo 948 – 4863.1188




viernes, 11 de noviembre de 2016

Miriam Papaleo duerme en las pestañas de un colibrí- Por Cristina Castello

«Colores», de Miriam Papaleo,  un grito del silencio


 «El cielo, el mar, la luna»: ojos que nos miran.
Tanta luz. Infinitud. 

Porque Miriam Papaleo conoce las técnicas y las respeta, puede burlarse de ellas, privilegio de pocos artistas.
Su lenguaje, siempre sutil en su intensidad, puede ser un grito o un silencio; y es muy difícil pintar  el silencio. En «Colores»,  descubrimos el universo detrás de universos que crean las obras de Miriam Papaleo.
El lenguaje crea mundos, ¿qué mundos crea el lenguaje de sus pinceles?
Las respuestas, y los interrogantes de cada espectador -pues el arte plantea preguntas- están aquí, en estas obras.  
 «Explosión orgásmica», Miriam Papaleo
Pero, ¿quién es este ciclón/artista nuestra, Miriam Papaleo? ¿Qué es esto de que, en la mitad de su vida, aparecen sus colores y nos llevan por finitudes e infinitudes? En la mitad de su vida…
, por Gracia, en la mitad de su vida.
Y digo esto porque lo digo con Rainer Maria Rilke:
«Para escribir un solo verso, o dar una sola pincelada, (agrego yo), es necesario haber visto muchas ciudades, hombres y cosas; hace falta conocer a los animales, sentir cómo vuelan los pájaros y saber del movimiento de las flores al abrirse por la mañana. Para escribir un solo verso, o dar una sola pincelada (agrego yo), es necesario poder pensar en caminos de regiones desconocidas, en encuentros inesperados, en despedidas, en días de infancia, en mañanas al borde del mar… en noches de viaje que temblaban muy alto y volaban con todas las estrellasEs necesario tener recuerdos de muchas noches de amor; es necesario –aún- haber estado al lado de los moribundos… y  es necesario haber permanecido sentado… junto a los muertos.  Es necesario saber olvidar los recuerdos, cuando son muchos, y tener la paciencia de esperar que vuelvan. Pues los recuerdos mismos, no son aún recuerdos, hasta que no se convierten en nosotros mismos: sangre, mirada, gesto.
Recién entonces puede suceder que, en una hora muy rara, se eleve la primera palabra de un verso o la primera pincelada, (agrego yo)…» (1)
Miriam Papaleo, en la mitad de su vida y cuando ya vio tantos cielos y tantas  lunas,  cuando ya vio tantos ojos que se abrieron a la vida… y algunos, amados, que se cerraron para siempre.
En la mitad de su vida,
nos muestra sus pinceladas, como si hubiera  sido una seguidora aplicada, del Maestro Rilke.

Pero no.
Seguidora de nadie.   
Miriam y parte de su familia, amada. Su continente y  mucho de su contenido

Libre Miriam, con los colores que ella misma prepara con sus espátulas, salpicados, rodillos, esponjas…
Libre para pintar lo que siente y ajena a todo «ismo».
Libre, inclasificable…  tiene un arco iris en el bolsillo y, entre sus colores -y en algunos casos, bajo la apariencia de la abstracción-, se adivinan rostros humanos, miradas… huellas. 
Puede, incluso, pintar la pavura, como en «Danza de escorpiones» o «En la puerta del infierno», y puede con ellos atreverse al negro –al negro, la ausencia de todo color-  y poblarlo de luz.
Acechada por su necesidad de equilibrio, Miriam, siempre.
«Explosión orgásmica» y «Destellos» -obras que recomiendo mirar de cerca y atentamente- , son un haz de tinieblas luminosas surgidas de sus manos; quizás un ansia de Absoluto, sólo quizá… ¿ansia consciente o no?
Con Andrea Barbieri,
 directora de
  Cultura de la Cámara de Diputados de la Nación
No lo sé, pero unas palabras del artista Eduardo Bendersky me responden: «el arte –me dijo alguna vez en alguna entrevista periodística- se manifiesta a través de sus propias metáforas, busca las causas primeras, distingue lo real de lo ficticio, y encuentra su sentido en lo invisible».
Habitada por la luna, Miriam.  «Luna llena en el bosque», por ejemplo, trabajo donde moran seres metafóricos, sólo visibles con una honda mirada interior. 

Y el misterio…
Sin misterio no hay arte. 
El misterio en todas sus obras, pero sobre todo, en esa obra: «El cielo, el mar, la luna» (ver foto arriba).
Esa luna navegante que nos alumbra, ahora y aquí. A todos.
Esa luna que son ojos, los ojos más puros que nos miran.
Ojos, luna, Miriam: el misterio.
El misterio, «la única certidumbre», según Paul Gauguin,
Y basta de palabras, cierro esta página, para que las miradas se multipliquen en ustedes; para ver esta obra, esta desnuda y muy potente levedad que unge la vida. Gracias Miriam, bellísima durmiente en las pestañas de un colibrí.

Cristina Castello  - 11/10/2016
Yo, Cristina Castello, en el momento de presentar la Expo

(La exposición –organizada por la Dirección de Cultura de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación se inauguró el 7 de octubre de 2016. Lo anterior, son algunas de mis palabras, cuando presenté la exposición)




(1) (Traducción/versión libre que hice del francés, a partir de un fragmento Rainer M. Rilke, en «Los cuadernos de Malte de Laurids Brigge »).


La obra de Miriam Papaleo: un desafío a estar despiertos, según mis ojos ven
Pequeño vídeo de la muestra, clic AQUÍ

La muestra está abierta al público hasta el 14 de octubre de 2016
Fotos: Graciela Bordón y André Chenet.


martes, 1 de noviembre de 2016

Jorge Luis Borges: la palabra universal, por Cristina Castello

Foto: Anne Marie Heinrich 
¿Un ciego con luz, o un lúcido enceguecido?
Por Cristina Castello



«Sentí en el pecho un doloroso latido, sentí que me
abrazaba la sed»

J. L. Borges, de «El Inmortal»


Jorge Luis Borges es una metáfora de sí mismo. Es uno de los escritores más destacados del siglo XX y un emblema de su patria argentina, donde todos lo nombran pero pocos lo leyeron. Niño prodigio, vivió su infancia vestido de niña por su madre, quien lo llamaba «inútil» e «infeliz».
Su erudición tiene pocos parangones. ¿Fue tan lúcido para descubrir la sacralidad de la vida, como para escribir? ¿O la lucidez dañó esa parte del espíritu donde está escrito que nada de lo humano debería ser extraño?
Pocos artistas son tan amados y aborrecidos. Y se comprende: los versos de Borges son sagrados, pero su boca fue incontinente. Calificó a Federico García Lorca, como un «poeta menor», y de la misma forma honró a los vates de la Generación del XXVII española; no se privó de críticas a Julio Cortázar; de Cien años de soledad, de García Márquez dijo: «Lindo título, ¿no?». Fue implacable con Charles Baudelaire, se ensañó con Pierre Corneille –autor de «El Cid»– y con Isidore Ducasse (el Comte de Lautréamont).
Más: al ritmo de cada sorbo de su té inglés calificó a Arthur Rimbaud como «un artista en busca de experiencias que nunca logró», y criticó salvajemente a André Breton, potencia de imaginación y poesía; y, aunque nacido en las pampas, su anglofilia era tan fuerte como su franco fobia (Juan José Saer dixit). Demasiado, Mister George.
Su sed, su sed eterna. Este 24 de agosto, se cumplen 110 años de su nacimiento, y la pregunta de siempre sigue en pie: ¿Tuvo sed de poesía, o, también –y sobre todo– de sentirse amado por una mujer? Él, la pluma universal, tuvo amores imposibles y sufrió como los personajes de las novelas más vulgares, que despreciaba. Hasta que llegó su cauce: María Kodama, con quien tuvo una unión en el misterio.
Mente prodigiosa, en «El jardín de los senderos que se bifurcan», propuso –sin saberlo– una repuesta a un problema de la física cuántica. Y toda su vasta obra fue un hito, como disparador de la fantasía de lectores y gentes de letras.
A la par, si bien en su momento condenó a Adolfo Hitler y a Benito Mussolini, después hizo loas de autores de crímenes de lesa humanidad: Francisco Franco, Jorge Rafael Videla y Pinochet, entre otros. Asesinos, condenados en tal condición por la Justicia.


Más que por otros poetas, se sintió marcado por el enorme Walt Whitman.Pero, ¿qué a
 Whitman, su poeta  admirado
similó de él? La palabra de Whitman se batía por la libertad de los pueblos y la dignidad humana; la palabra hablada de Borges defendía –también– la invasión-masacre norteamericana en Vietnam.
Su obra de ficción, plena de ironía, es sobria y precisa pero, en general, tiene una gran distancia con la vida viviente, como si lo que escribía hubiera pasado por su cerebro y no por su sangre; está plena de símbolos, de metáforas tan ricas como poco comprensibles para la mayoría; tiene un sentido metafísico, y muchas veces intensamente lúdico. «Historia universal de la infamia» y «El Aleph», entre otras, son piezas maestras del siglo XX.
Borges fue uno de sus espejos de tinta. Un acertijo. Una suerte de estatua de sí mismo, un monumento, un ser sin piel, por cuyos poros asomaba su inteligencia. Pero en la poesía que escribió asoman sus venas terrenales, irremediablemente: [...] Sin que nadie lo supiera, ni el espejo, /ha llorado unas lágrimas humanas. /No puede sospechar que conmemoran /todas las cosas que merecen lágrimas (de «La cifra»).
La poesía es una voz: la vida viva. Ni siquiera este hombre de la esquina rosada
, pudo esconderse tras los muros de cristal del poema. El poema no tiene tapias: es revelador.

La hora de la espada:
Borges, Pinochet y Videla

Amaba la música de Pink Floyd, de Los Beatles, de los Rolling Stones y de Brahms. Adoraba a «Bepo», su gato. Mientras, aplaudía al gobierno que hizo desaparecer a 30.000 personas –luego de torturas satánicas–, durante el golpe de Estado de 1976 en Argentina. Abrazado a su gato, Borges reclamó públicamente «cien años de dictadura militar».
Jorge Rafael Videla y otros cómplices, con
Borges y Sábato


«Le agradecí personalmente el golpe del 24 de marzo, que salvó al país de la ignominia, y le manifesté mi simpatía por haber enfrentado las responsabilidades del gobierno», dijo en mayo de aquel año. Se refería a la reunión que mantuvo con el genocida Jorge Rafael Videla, primer presidente de facto de aquella etapa; había asistido, presuroso, con Ernesto Sábato, quien fue después defensor de los derechos humanos: los rictus de la vida.
El tiempo hizo su juego y en1980, con o sin el gato «Bepo», recibió a las Madres y a las Abuelas de Plaza de Mayo, gesto en el cual –aunque ella lo niega, discreta– hay una influencia evidente de María Kodama. Entonces se mostró conmovido, y hasta indignado con los militares asesinos; y reiteró esa conducta cuando, ya en democracia, se juzgó a los desaparecedores de seres humanos: recién en ese momento quiso enterarse de los suplicios y muertes sufridos por sus congéneres, y escribió una crónica para la agencia EFE. ¿Había despertado por fin su lucidez para la fraternidad? Ojalá.
Pero las palabras son una suelta de pájaros: imposible remontarlas cuando vuelan a voluntad del viento. ¿En cuántas personas influyeron sus primeras declaraciones? ¿Cuántas, sin pensamiento propio, repitieron los conceptos del poeta sólo porque «lo dijo Borges»?


Paseó entre laberintos, espejos, libros de arena, ruinas circulares y bibliotecas de Babel. Cultivadísimo –es una de las más grandes glorias mundiales de la literatura– se fue de este planeta el 14 de junio de 1986, siempre en espera del Nobel. La condecoración que, orgulloso, había recibido de las manos con sangre de Augusto Pinochet,  
Borges y Pinochet
fue un escollo insalvable para el premio. Aquel día se alborozó con su flamante doctorado Honoris Causa de la Universidad de Chile, y enarboló la hora de la espada. La hora de la espada, el discurso reaccionario de Leopoldo Lugones, quien –con esas palabras– avalaba la siembra de muerte de los futuros golpes de Estado.
Borges fue Borges, ni más ni menos, a pesar de haberse definido como anarquista. A los 17 había sido tildado de comunista, con la prohibición de entrar a Norteamérica. En realidad, sólo había tenido un enamoramiento adolescente de la Revolución Rusa, fuente de inspiración para el poemario «Los salmos rojos», que destruyó tres años después. Sólo se publicaron los versos de la poesía que da título al libro, en la revista «Grecia», en un periódico de España y en otro de Ginebra.
De su pecado de juventud sólo queda esa huella, y las cenizas de tantas estrofas incendiadas.
En 1983 anunció su suicidio en el diario La Nación, en el relato «Agosto 25, 1983». Por cierto que no se quitó la vida; y justificó haber jugado con las palabras y con la opinión pública, en su cobardía para auto inmolarse. ¿Buscaba con sus actitudes, la fama y el espacio que su país le negaba como escritor? ¿Era un exquisito provocador?
Lúdico, me dijo en una entrevista que el deporte que más le gustaba era la riña de gallos; y con su proverbial ironía bajo el aspecto de ingenuidad, se preguntaba por qué en el fútbol 22 hombres corren detrás de una pelota, en lugar de comprar 22 pelotas.
Se jactaba de haber tomado mescalina y cocaína en su juventud. Pero aquello no duró más que un instante: su droga dura fueron los caramelos de menta, y su devoción, la merluza hervida.

Leonor Acevedo, madre de Borges
Travieso, guardaba billetes de 10, 50 y 100 dólares entre los libros de su Paraíso: la biblioteca. A pesar de no haber creído en ningún dios, antes de morir rezó el «Padre Nuestro», porque así lo había dictaminado muchos años antes, su madre. Doña Leonor Acevedo seguía rigiendo el destino del hijo –el «inútil» e «infeliz»–, obediente hasta el último soplo, que exhaló el 14 de junio del ’86.

«Me duele una mujer en todo el cuerpo»

S
u padre lo llevó a un prostíbulo en Ginebra, para que ejerciera por primera vez como varón; y desde entonces, el amor le fue una frustración. Muy amigo de Adolfo Bioy Casares, escritor y caballero excelso y de una personalidad fuertemente seductora, Borges vivía a través suyo, lo que la vida no le daba: la pasión de una dama. Se sentía el patito feo.
El nombre de una mujer recorrió el mundo en los versos borgianos: «Yo que he sido todos los hombres, no he sido aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach». Matilde no existió jamás: era el personaje de una novela ignota y de baja calidad, a quien él dio entidad universal con su estrofa.
La soledad puede ser una telaraña.

Borges y Elsa Astete Millán

A Elsa Astete Millán, su primera esposa, la conoció en 1931, cuando él tenía 32. La relación fue terrible: sin amor, sin pasión, sin interés de ninguno de los dos por el otro. Ella se enamoró de Ricardo Albarracín Sarmiento, dejó al poeta ciego y amante de las espadas, y se casó con el candidato nuevo. Sólo después de decenios, Elsa relató aquel fracaso, sin mucha elocuencia:
―«No se dio», contó, apenas.
―«Sólo la esperaba a ella», gimió el poeta a modo de narración.

 
Para mitigar la espera, Borges se enamoró de Estela Canto –quien jamás lo amó–, de Silvina Bullrich, de María Esther Vásquez, y más.
Y llegó 1965 –habían pasado más de treinta años– y el reencuentro con Elsa. Él ya estaba casi ciego, tenía 68 años y ella 57. Sin que le importara su agnosticismo, se casaron por iglesia: por amor, todo podía sacrificarse. Al menos eso creyó.
Doña Leonor Acevedo había influido una vez más: ―«¿Cada noche de su vida, antes de acostarse, miraba tu foto», dijo a su futura nuera.
Con Estela Canto
El matrimonio se terminó después de tres años, en 1970. Georgie se cansó: sin una palabra, salió de la casa conyugal y no volvió jamás. Unos meses después, mientras paseaba con su sobrino por la calle Florida de Buenos Aires, Elsa Astete Millán se cruzó con el escritor y lo saludó:
―«¿Quién es? », preguntó el poeta, ya totalmente ciego. ―«Es Elsa, tío», fue la respuesta
―«¿Y quién es Elsa?», repreguntó Borges.
Enterraba el amor, ¿el amor? ¿Fue Millán la pasión que le hizo escribir me duele una mujer en todo el cuerpo? Todo hace pensar que no, pero... Qui sait?
Alcanzó la fama recién en la antesala de la vejez, a pesar de haber comenzado su vida literaria como un superdotado. A los siete años había escrito en inglés un resumen de la mitología griega; a los ocho, el cuento «La visera fatal», inspirado en un episodio del Quijote; y a los nueve tradujo del inglés «El príncipe feliz» de Oscar Wilde.
Su obra incluye cuentos, ensayos y poesía. Fue un innovador, abrió senderos. No hay que olvidar que dos de las grandes revoluciones de la lengua castellana, tuvieron su origen en la América morena: una fue la de Rubén Darío y el modernismo; y la otra, la de Borges, a partir del cambio que impuso a la narrativa. Además, hizo guiones de cine, crítica literaria y prólogos; escribió en colaboración con otros escritores, y tradujo obras del inglés, francés, alemán, anglosajón y escandinavo antiguo.

Era como Leonardo da Vinci, complejísimo y lleno de matices, con inteligencia fascinante e imaginación enorme. ¿Era como el genio da Vinci? Así lo siente María Kodama. 
María Kodama
Cultivadísima, escritora e incansable cancerbero de la obra del Maestro, ella amaba tanto «su rostro de conejo» como verlo reír tal «un cachorro de tigre al sol».
«Ulrica», según él la llamaba –nombre nórdico que quiere decir «Osita»–, escuchó por primera vez un poema del que sería su esposo, cuando tenía cinco años; lo conoció a los 12 y la relación amorosa empezó a finales de los’60, pero se hizo exclusiva, desde el adiós a Elsa. «Osita» fue también un gran soporte de la actividad literaria y personal de Borges, lo ayudó en la dirección de su colección «Biblioteca personal»; y escribieron juntos, en colaboración, «Breve antología anglosajona» y «Atlas».
Fue desenfadada, fresca y espontánea con el Maestro: a pesar de su juventud, le discutía cosas que podrían haber parecido una insolencia y que, sin embargo, a Georgie le gustaban y divertían. Y así la disfrutó: libre como un animal en la selva, según ella se define, a costa de ser prisionera de su libertad. 

María fue los ojos a través de los cuales Borges descubrió geografías, amaneceres y obras de arte presentidas pero vedadas para sus pupilas en penumbras. Hoy, el poeta descansa –por su elección– en el cementerio Plainpalais (Ginebra), cerca de donde había tenido su primera experiencia sexual, en aquel prostíbulo. Vaya coincidencia.
Y tantos amores frustrados, y tantos versos, y dos esposas, tan diferentes.
Elsa le había dicho:
¬«Georgie, aprovecha tu cuarto de hora; hoy estás en el candelero, pero dentro de dos o tres años nadie se acordará de vos».

La última morada

María lo acompañó hasta el final y hoy recorre el mundo, para mantener vigente y hacer crecer la obra del poeta. Y no le debe de ser fácil: no es sencillo tener talento y ser la viuda de un grande, en un país como Argentina, donde tantos quieren apropiarse del alma del Maestro. ¿La amó? Nadie puede saberlo, el corazón del hombre es insondable, aún para sí mismo. 
-«Yo pronuncio ahora su nombre, María Kodama. / Cuántas mañanas, cuántos mares, cuántos jardines de Oriente y de Occidente, cuánto Virgilio», le escribió, entre tantos versos.Es como el ojo del huracán: serenidad y silencio cuando todo se arremolina a su alrededor, dijo de su mujer.
«Y que nadie temiera», está grabado en la tumba de Jorge Luis Borges, un grande de las letras y un poeta sin compromiso con la vida humana. Sediento, lúdico, incontinente verbal, brillante, desamparado, a veces un niño. En los días anteriores a su muerte, contaba a su esposa de los caramelos «toffee» que le compraba su abuela, hablaban de literatura y estudiaban árabe.
¿Fue un hombre ciego pero con la lucidez a flor de alma, o la luz del conocimiento lo encegueció? «Debo justificar lo que me hiere. /No importa mi ventura o mi desventura. /Soy el poeta», había escrito.
Quizás sea la mejor sentencia y la única conclusión.

 
Kodama, entrevista con Cristina Castello

* Cristina Castello, publicado en revista "Open" (México), julio 2009