jueves, 10 de octubre de 2013

«Irak es Vietnam», por Cristina Castello


Œuvre de Zdravko Ducmelic
«LA VIDA TIENE LA PALABRA»
Por Cristina Castello

Irak, antes, parecía una leyenda, un lugar oscuro y misterioso, un espacio rico en vestigios de relatos. / La patria nos parecía un enigma antiguo, un paisaje nacido de la arcilla, hecho de adobes y arroyos de cúpulas doradas. Irak antes de las guerras, era un lugar en pleno vuelo. Parecía un lugar de los milagros.
Jabbar Yassin Hussin

Irak es hoy el Vietnam del siglo XXI. Kim Phuc, aquella niña de nueve años que el 8 de junio del ’72 corría desnuda y en llamas
—bombardeada con napalm—, es una alegoría de aquel horror. El fotógrafo Nick Ut perpetuó su imagen en el poblado de Trang Ban, y luego la llevó al hospital. Zahra, de Bagdad, tenía un año más que Kim y ninguna foto para la inmortalidad. Sufrió un atentado con bombas y su cuerpo se incendió. Kim, 1972, Vietnam; Zahra, 2007, Irak. Kim y Zahra son un surco, una huella, un eco, una memoria de la vejación; son un testimonio entre millones de que el aullido de la guerra persiste en un mundo que, sin embargo y por gracia, defiende con sus sueños el derecho de soñar.
«Podemos llevar la paz a Irak» [sic], dijo George W. Bush y la paz hizo estallar cerca de un millón de mártires. Su gula de Poder no apuntaba a asesinar las sombras sino el amanecer: Irak fue el alba, el primer susurro de la civilización. Allí nacieron la primera democracia, el arpa Real y la flauta de caña del pueblo; el calendario, la escritura y mucho más. Y esa cuna de la cultura suma hoy a sus cerca de un millón de muertos, millones de mutilados, huérfanos, o prisioneros. Es la consecuencia de la ocupación llamada guerra, por parte de los USA.

De Irak son los primeros poemas épicos, como «Gilgamesh» o «La creación». Allí y en la península de Arabia se festejaba el nacimiento de los poetas, como se celebra la sonrisa de Dios; sus hombres y mujeres huelen a almizcle y sus ojos miran hondo y color dátil, como el fruto del árbol nacional.
Aunque el ataque a Irak estaba planeado y firmado desde el noveno mes del 2000, fue al día siguiente del 11 de septiembre del ‘01 que el gobierno del Norte lo decidió. Lo acusó de tener armas de destrucción masiva y lo embistió en 2003; y aunque está demostrado que esas armas no existían, nada le importa al invasor. Del mismo modo, antes del apresamiento de Saddam Hussein, el secretario de Defensa norteamericano profirió un disparate similar: «Nosotros no lo hemos encontrado [a S.H.], pero nadie se atrevería a decir que él nunca existió», dijo Donald Rumsfeld. ¡Vaya argumento y vaya humor! Humor que se fundamenta en la ética de este Donald que no es el de Walt Disney... ¡qué dolor!: «La gente libre es libre de cometer fechorías», arguyó. Sí, la gente puede perpetrar cualquier alevosía... si la gente es el Poder.

La geografía de Irak —atravesada de norte a sur por los ríos Tigris y Éufrates— responde al significado de su nombre, cuya traducción al castellano significa literalmente «borde del agua». Sus valles, estepas, montañas y desiertos deberían cobijar a los miles de poetas que su cielo engendró y cuyo verbo alumbra el mundo. Sin embargo, la mayoría debió exiliarse: la palabra poética puede ser una fechoría imperdonable.

Irak —con las reservas de petróleo más importantes del mundo, después de Arabia Saudita— resultaba un manjar para el hambriento Bush. Es, además, un sitio estratégico para controlar el Medio Oriente, Irán y Afganistán; y para limitar cualquier posible acceso de Rusia en Asia Central. Pueblo estoico, doliente, siempre agredido, cultivado. Las bombas del Régimen tañen un réquiem en la misma tierra milenaria y al mismo tiempo que resuenan las primeras notas de los instrumentos musicales milenarios de la humanidad. Y también por doquier se escucha el Maqâm de Bagdad; ese concierto de cítaras, violines, tamboriles y poesía, de una magia impensable en Occidente y cuyo deleite nunca será tal para el invasor.


Horizontes fugitivos
Soy como la noche: callada, profunda, horizonte
Soy como las estrellas: incertidumbre, lejanía, destello.
(Nazik Al Malaika)

El argumento de la «guerra preventiva» —que todo horror justifica— es ilegítimo e inmoral, según el historiador norteamericano Arthur Meier Schlesinger, Jr., y tantas otras voces; e ilegítimo e inmoral consideraron los USA el ataque preventivo de Japón contra Pearl Harbor, el 7 de diciembre del ’41. Comprensible: la paz debe ser sólo para ellos. Hoy, el gobierno de los EE.UU. es un régimen de ocupación y —a pesar de que atraviesa una de las peores crisis de su historia— sigue su huida hacia adelante. Como un animal en celo, su siembra de muerte le pide más y más; como si su meta fuera un horizonte fugitivo, que exige cada vez más sangre para ser alcanzada.

Frente a la guerra yanqui en Irak, como en todos los casos, la mayoría de los norteamericanos se mostraron casi como militaristas y chauvinistas, gracias al engaño de las armas de destrucción masiva que su Gobierno había inventado. Hoy, a cinco años de su comienzo, también muchos norteamericanos la sienten como una pesadilla. «Irak es el nuevo Vietnam», empieza a propagarse cada vez más en el país de los Oscar, las hamburger y la gaseosa multinacional.

Vietnam, aquella otra guerra bestial, fue uno de los gérmenes que hizo brotar el Mayo Francés, al que se sumaron millones de jóvenes y pueblos de los cinco continentes, ansiosos de libertad.

¿Despertará la ciudadanía yanqui, cuando el supremo conciba una nueva mentira? ¿Cuántos pueden mantener la lucidez en medio del caos, la pobreza creciente del Gigante, los embustes de la prensa, y el desamparo ante la intemperie? Todos juntos y solos en un Imperio que parece resbalar hacia el final de un abismo que no parece tener final; el Estado de Bienestar empieza a surgir ante sus ojos como un horizonte fugitivo... otro más. Los memoriosos recuerdan aquel adagio según el cual «la primera víctima de la guerra es la verdad». Palabras que en 1917 pronunció Hiram Warren Johnson, entonces parlamentario de los USA: hoy sería acusado de «terrorista» por el presidente actual.

Los iraquíes, por su parte, sacrificados en su patria o en el exilio, recuerdan su ilusión de un futuro donde brillaba una aureola luminosa. Soñaban un país donde los bosques formaran un cinturón verde que abrazara las ciudades e impidiera el avance del desierto. Soñaban, creían, creaban: Irak era un país de avanzada. Cada día se inventaba una palabra, se abría un museo, había una biblioteca nueva; cada día más esculturas poblaban las plazas y los parques, y más universidades se ofrecían al saber. Pero la paz fue siempre sólo una tregua entre dos violencias, entre dos guerras; un edén entre dos infiernos.


La cultura es peligrosa:
¡Carguen, apunten, fuego!


[Un festival] con gente cantando y bailando en las calles, /los músicos tocan liras y tambores/ y hermosas sacerdotisas esperan frente al templo de Ishtar(Gilgamesh)

La poesía era un estilo de vida en Irak. Hoy, dispersos por el mundo, sus poetas sufren porque el pensamiento único los muestra —más que a todo su pueblo— como el eje del mal. Como una amenaza.
Y claro que lo son. Creo, con Rimbaud, que «la poesía no es prosa rimada y gloria de innumerables generaciones de idiotas». Es un llamado a la conciencia profunda, un susurro con potencia de grito. Al Hallaj fue crucificado en Bagdad hace quinientos años, porque su poesía alumbraba (alumbra). Federico García Lorca, Robert Desnos, Paul Celan, Paul Éluard, Juan de Yepes —hoy San Juan de la Cruz—, Nazim Hikmet, Ovidio, César Vallejo, y tantos más, fueron asesinados, recluidos en campos de concentración, o estuvieron exiliados, por el pecado de la palabra. Por iluminar. Por eso el Poder la encierra en mazmorras o —en el mejor de los casos— la censura, pero... «¿quién encierra una sonrisa, quien amuralla una voz?» (Miguel Hernández).

Irak es poderoso en poetas. Después de Sapho de Lesbos (siglo VI antes de Cristo), la primera poeta del mundo es la iraquí Angiduana (siglo III AC) y se considera a la también iraquí Nazik Al-Malaika la iniciadora de la poesía árabe moderna. Además, y más allá de las religiones, ¿no es el «Corán» una obra cumbre de poesía? «Aunque los humanos y los genios se reunieran para producir algo semejante a este Corán, jamás harían nada parecido, aunque se ayudasen mutuamente» (Corán 17:88).
Los libros, la cultura... el arte, son terroristas, para los tiranos. Sí. El 2 de febrero de 2007 los diarios del mundo titularon: «Estados Unidos bombardea la biblioteca de Bagdad». Hombres exiliados en su propio infierno, en la noche de los tiempos ya habían cometido estas barbaries. Baste recordar que Fray Diego Cisneros, quemó los libros de los musulmanes en Granada; o que el Corán en árabe —en la edición de Paganini de 1537— fue destruido por orden de uno de los papas más cultos de su tiempo. ¿O acaso Fray Juan de Zumárraga, creador de la primera biblioteca de México, no quemó los códices de los mayas en l530?

En la destrucción de la Biblioteca de Bagdad hubo más de un millón de libros asesinados, objetos antiquísimos sustraídos o destrozados, y mil intelectuales iraquíes ejecutados. Aquella fue la cena, opípara. Antes, había sido el tentempié: habían saqueado y quemado el Museo Arqueológico de Bagdad. En «Historia universal de la destrucción de libros», Fernando Báez, doctor en Bibliotecología, asegura —y hay pruebas en poder de la ONU y de otros organismos internacionales— que el responsable de tal salvajismo fue el gobierno de Bush. Borrar la memoria, de eso se trataba —se trata.

Desaparecieron ediciones antiguas de «Las mil y una noches», de los «Tratados matemáticos de Omar Khayyam», de obras de Averroes, y otras joyas del patrimonio de la humanidad.
En Irak, donde tres mil doscientos años antes de Cristo se había inventado la escritura, se pulverizaron los libros. Paradojas de la vida, cuando cede su lugar al Imperio.
Œuvre de Zdravko Ducmelic 


Racimos de arco iris

No asustéis a las nubes de Bagdad con vuestros aviones.
No sembréis soldados en nuestro jardín
(Muhsin Al-Ramli)

Después de siglos de monarquía, Irak se convirtió en república en 1958 y tuvo varios presidentes, el último de los cuales fue Saddam Hussein, un dictador brutal; derrocado, hecho prisionero y condenado a la horca en diciembre de 2006 por crímenes de guerra. Lo sucedió Jalal Talabani, quien es nada más que un nombre —sin poder— para la presidencia. El primer ministro es Nuri Al Maliki, quien está de acuerdo con que las fuerzas de los invasores continúen allí «para frenar la agresión extranjera y por razones de seguridad interna» [sic].

Pueblo el de Irak, conocido por la ley del talión, por las amputaciones de miembros a los desobedientes, por las lapidaciones a sus mujeres: por conductas que parecen extrañas a la naturaleza humana. Son sus leyes, y están contenidas en el Código de Hammurabi —del año 1686 AC—, que aplica el decir popular: «ojo por ojo, diente por diente».

El Código está contenido en una escultura tallada en un bloque de diorita [roca eruptiva granulosa] de unos 2,50 m de altura por 1,90 m de base, y había sido colocado originalmente en Sippar, el templo de dos ciudades de la antigua Baja Mesopotamia, separadas apenas por siete kilómetros. Después de muchos vaivenes, a raíz de las invasiones permanentes sufridas por los iraquíes, la talla se exhibe hoy en el Museo del Louvre de París.

Pueblo culto y sufrido, arrasado. Su agresor, los Estados Unidos de la América del Norte, ejerce sobre él brutalidades aún peores que las del Hammurabi milenario. Generosamente, le envía racimos. Bombas de racimo, contenedores que —a cierta altura del suelo— se abren y disparan centenares de bombas más pequeñas, de alto poder mortífero. En Irak, el 98% de sus víctimas son civiles. Y la mayoría, niños que las confunden con juguetes, por sus colores brillantes y llamativos. En busca del arco iris, encuentran su final.

¿Hasta cuándo el hombre será lobo del hombre? El misterio lo sabe. Por su parte, los ciudadanos norteamericanos parecen despertar, estaba dicho; en una reciente encuesta, el 80% de ellos dijo que su país está controlado por intereses de unos pocos, que se preocupan sólo por ellos mismos; dicho de otra manera, por los menos que luchan por los menos.

¿Encontrará Irak la paz a partir de enero de 2009, cuando George W. Bush deje el sillón presidencial? El candidato republicano John Sidney McCain III ha dicho que no retirará las tropas del país. Barack Obama, por los demócratas, criticó la masacre tan sólo como un error estratégico. El ministro Nuri Al Maliki, de Irak pero no por Irak, todo lo permite en detrimento de la paz.

Kim Phuc, Vietnam; Zahra, Irak: y ahora, ¿qué?

La guerra sigue trabajando día y noche/inspirando en los tiranos largos discursos/dando temas a los poetas, /dibujando sonrisas en los rostros del líder. /La guerra trabaja incansable/pero para ella no hay una sola palabra / La vida tiene la palabra (Dunya Mikhail).

Cristina Castello, en "Open" de México - Junio 2008.

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lunes, 20 de mayo de 2013

Osvaldo Álvarez Guerrero: «Las máscaras del poder», por Cristina Castello

 En alguna página de este libro -el cuarto de su autoría- el doctor Osvaldo Álvarez Guerrero cuenta que en la tumba del padre de Moisés Lebensohn -Salomón-, está escrito: "cultura y libertad". En alguna otra página, indaga en el concepto de "felicidad humana".

"Cultura y libertad" y "felicidad humana", no son -explícitamente- los temas de "Las máscaras del Poder", ya que así se llama el libro. Pero "cultura y libertad", y el empeño del verdadero político en su lucha por la felicidad de los demás, son la médula de este trabajo; porque son, creo yo, el fundamento de la lucha de su autor, personalidad señera de la democracia.

El autor, Osvaldo Álvarez Guerrero, radical en el sentido profundo del término,  ex-gobernador de Río Negro y con una trayectoria política tan extensa como coherente,  es también abogado, escritor, filósofo y caballero de una vastísima cultura; además de un político -en verdad poco convencional- es un pensador y un intelectual quien, sin embargo, no tiene esa distancia con la vida que suele caracterizar a los intelectuales, y alejarlos de la vida de las personas.
 
"Las Máscaras del Poder", es un ensayo político, un análisis sociológico, y una visión del pasado y del presente de la Argentina, desde una valoración ética y estética.

Es también una "declaración de principios". Y es, creo yo, una enseñanza de vida. "Las Máscaras del poder", son -para Álvarez Guerrero- las que "esconden la realidad del Régimen" con la simulación y el engaño". "El Régimen -dice- es una máscara". Por eso, los "tiempos de opacidad y penumbra" en la Argentina. A partir de allí Álvarez Guerrero investigó y analizó, cómo reaccionaron los "Espíritus Inquietos" en nuestro país en épocas de opacidad y penumbra. Los espíritus inquietos son, según Álvarez Guerrero, los que -incómodos con el Régimen- "abren nuevos rumbos en la sociedad"; son "los que buscan la pureza unívoca y la armonía originaria". Son los que, con "indignación ética rechazan toda neutralidad". Son los que tienen una "inquietud ejemplarizante, docente en la teoría y en la acción".

Álvarez Guerrero toma a dos espíritus inquietos en su libro. A Moisés Lebensohn, radical, "un luchador por un socialismo democrático", un hombre que actuó con "el sentido del deber y con la serenidad de la verdad", según el autor; y a John William Cooke, peronista, agitado, y "siempre bordeando el peligro y la muerte". A partir de esos dos personajes, Álvarez Guerrero desarrolla su pensamiento. Para él, hay una "ética de las ideas" y una "ética de la acción". La ética de la acción, dice, "supone una actitud espiritual, una concepción misional, un darse hacia los demás, que otorga extraordinaria nobleza a la vocación política".

En una palabra, reivindica a la política -verdadera y trascendente- en contra de la "tecnologización de la política", que -dice-"la desvincula de los contenidos ético-sociales, que son el sustento de la democracia". Por eso, cuando habla de economía, no se queda en la mera "ingeniería social". Apunta, sobre todo, al hombre como tal, como persona humana; y se pregunta, también y por ejemplo -y me parece novedoso- de qué manera repercutieron las hiperinflaciones en la vida cotidiana, en la vida personal: en el alma de la gente.
Desde esa óptica humanista, esclarecedora -y fundamentada intelectualmente con mucha solvencia Álvarez Guerrero habla de nuestra historia y de nuestra cultura, de peronismo, de radicalismo y de los sindicatos, y repasa el origen ideológico de la democracia (¿democracia'?) argentina. También, de vela el lenguaje del Régimen: "a veces -dice- se miente con la verdad", y lo explica.

En fin, el libro es un alerta: "el Régimen siempre recrea sus máscaras, pero permanece en el poder, para conservarlo". Y termina con lo que yo interpreto, como un llamado a la resistencia para los espíritus inquietos. "La resistencia de Prometeo al suplicio cruel a que fue sometido -dice- es el símbolo del espíritu inquieto"; "éste -agrega- en su victoria y en su martirio consecuente, en su derrota -contra la que se rebela- y en su glorificación final, va cumpliendo el mito eternamente".

Yo recomiendo calurosamente "Las Máscaras del Poder". Porque da luz. Porque ratifica que hay otros caminos. Y porque cuando yo lo leí, recordé unas palabras de Rilke: "siento un enorme agradecimiento por lo que he leído". Espero que a ustedes les pase lo mismo.


Cristina Castello, publicado en revista “Generación 83” – Año 1992
Foto: Ramón Puga Lareo
 Osvaldo Álvarez Guerrero, " Las máscaras del poder/ Lebensohn - Cooke"
Tomos 1 y 2 (343 y 344)
Centro Editor de América Latina, 1992
Dr. Osvaldo Álvarez Guerrero en Wikipedia, clic AQUÍ